"Que mi amor te haga libre"

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Por Manuela Garbarini

Directora de UNIVERSUM | Ideas de inspiración Montessori

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Sea lo que sea en lo que te conviertas, no me decepcionarás; no tengo preconcepciones. No deseo predecir en lo que te convertirás, sólo deseo descubrirte. No me decepcionarás. | Mary Haskell

Con frecuencia suelo creer (erróneamente) que a mí se me da bastante fácil esto de escribir. Hasta que me encuentro con la necesidad visceral de expresarme sobre un tema que me atraviesa de pies a cabeza y choco de lleno contra la frustrante imposibilidad de encontrar un puñado de palabras más o menos dignas que me permitan empezar a tejer una oración, un párrafo, un texto que refleje -sin pretensiones literarias pero con filosa transparencia- algo de lo más hondo que habita en mí. Este bloqueo me enoja, me impacienta, me desespera.

De repente recuerdo esa acertada frase de Cortázar, "las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma", y caigo en la cuenta de que eso que quiero nombrar es tan fuerte que quizás tengo miedo de romperme al dejarlo salir. Pero resulta que estoy harta (hartísima) de tener miedo y me siento frente a la computadora decidida a luchar contra el instantáneo vacío mental que parece empecinado en vencer mi impulso de escribir sobre la importancia de lo importante. O al menos, sobre la importancia de lo que es importante para mí. Valga la redundancia.

Soy muy consciente de la grieta que abrió en mí la maternidad (una de esas grietas que parecen dispuestas a arrinconarte sin piedad contra el abismo, pero que en realidad sólo quieren demostrarte que justamente ahí, a orillas del precipicio, frente a esa profundidad casi insondable, se encuentra esperando pacientemente tu luz). Sin embargo, aún varios años después de haber perdido mi primer embarazo y otros tantos de haber sostenido por primera vez en brazos a León, me sigue sorprendiendo la poderosa energía vital que subyace a este vínculo que me sostiene incondicionalmente, que me abraza compasivamente y que me impulsa cada día sabiamente hacia adelante con fuerza arrolladora, invitándome a vivir en un nuevo (y desconocido) estado de expansión constante, de revisión permanente, de mejora continua, incluso obligándome a mantenerme en movimiento y en ininterrumpida evolución (aún en esos días en los que nadie ni nada pareciera ser capaz de disolver esa sensación de vulnerabilidad asfixiante que me visita periódicamente desde que tengo memoria).

Quizás tengo miedo de romperme. Pero resulta que estoy harta (hartísima) de tener miedo. Y ya no me preocupa averiguar de dónde viene ni por qué aparece ni si se quedará o no para siempre, porque de algo estoy segura: ¡de mí no pasará! Y esto es lo importante. Lo verdaderamente importante. Lo único importante.

Muchas veces me encuentro preguntándome a mí misma las razones por las que trato de criar a León desde el más amplio registro de conciencia al que puedo acceder en este momento de mi existencia. ¿Es porque esto de la crianza respetuosa suena lógico y sensato (que, de hecho, lo es)? ¿Es porque anhelo (casi egoístamente) que, tras haber tenido un modelo de crianza amoroso, mi hijo construya el día de mañana un futuro feliz? ¿Es porque espero (más o menos inconscientemente) sanar mis heridas a través de él? Tal vez haya un poco de mí en cada una de estas preguntas y en sus respuestas más o menos afirmativas. Sin embargo, hay algo que antecede a todos estos cuestionamientos, y les quita peso y los supera: me levanto y me acuesto cada día con la convicción de que mi amor lo hará libre. Libre para ser. En armonía. Y con eso basta y sobra. Y es tan necesario como suficiente. Y me emociona. Y es una inyección de adrenalina, de empuje, que me recorre y me reanima y me da paz. Y me trasciende. Y me lleva ahí, cerquita de la libertad.

Te amo. Acá estoy. Sin condiciones ni condicionamientos. Te amo. Acá estoy. Sin expectativas ni prejuicios. Te amo. Acá estoy. Con los brazos bien abiertos, el alma bien dispuesta y el corazón latiendo fuerte, bien fuerte. Te amo. Acá estoy. Andá, viví, sabete acompañado. Te amo. Acá estoy. Acá estaré siempre.
 

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