Poliamor. Menú para armar

Por Silvana Savoini | Sexóloga | Psicóloga

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A partir de algunas noticias de personajes mediáticos, por estos días circula la palabra “poliamor”. A veces bien aplicada, otras no, lo cierto es que todas las ideas circundantes tienen algo en común: que el concepto de poliamor se aleja de la noción de monogamia.


Cuando decimos que la monogamia es social, no sexual, nos referimos a que no hay una determinación “natural” hacia esta forma de vincularse. De hecho, la sexualidad humana no tiene nada de “natural”, en el sentido de que el comportamiento sexual humano no está genéticamente programado. Lo que hacemos, con quién lo hacemos, cuándo lo hacemos y cómo lo hacemos no está determinado biológicamente como en otras especies, sino que está mediado y atravesado por el deseo, el lenguaje, la capacidad simbólica, las representaciones sociales. En definitiva, por la cultura.


Por lo tanto, la monogamia es un constructo social que nos cierne a un modo de establecer lazos sexo afectivos convenientes para el sostenimiento de nuestra vida en sociedad tal y como la conocemos. Pero lo cierto es que ese molde muchas veces queda incómodo, ya que restringe la libertad de movimientos del deseo que es esencialmente “promiscuo”, o dicho de otra manera, que es difícil de domesticar para quedar eternamente asociado a un único destinatario.


Existen diversas formas de resolver esa disonancia entre el movimiento serpenteante del deseo y la rigidez de la línea bajada como mandato social monogámico. Una de las formas más instaladas en nuestro medio social es la infidelidad. Nos guste más o nos guste menos la idea, lo cierto es que los índices de infidelidad son elevados, en todos los géneros. Los porcentajes varían según las investigaciones, y como todo dato emergente de la clandestinidad es difícil mesurarlo realmente, por lo cual prefiero no dar cifras. Pero cada quien puede elaborar sus propias estadísticas en función de su entorno y llegaremos a las mismas conclusiones.


Otras personas, en cambio, optan por la revolucionaria decisión de abandonar la hipocresía, asumiendo la posibilidad de sentirse atraídos por otras personas sin que esto atente contra el proyecto de pareja estable. Todas las variantes que se apartan (no me gusta usar la palabra “desvío”, como he leído en algunos medios, si bien es un concepto estadístico tiene una connotación socialmente asociada a lo patológico o perverso, y no es el caso) de la monogamia podrían incluirse en lo que da en llamarse Amor Libre. Pero dentro de estas formas de relación no monogámicas, existe un amplio espectro de posibilidades que van desde las Parejas Abiertas hasta el Poliamor, pasando por prácticas Swingers entre otras.


Los ingredientes son muchos y variados, y la manera de combinarlos depende de los gustos, filosofía, preferencias y prioridades de las personas involucradas, constituyendo un menú de posibilidades para armar, en la construcción única e irrepetible de cada interacción subjetiva.

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